FELICIDADES

lewis
Anoche se me olvidó apagar el teléfono (que es inteligente, pero no sabe apagarse solo ni sopesar cuando debe emitir u omitir esas constantes alertas sonoras de whatsapp y facebook). La consecuencia ha sido una catarata de mensajes, sobre todo de madrugadores, y entre ellos especialmente de sacerdotes, que me llevan felicitando por decenas en el día de mi cumpleaños número 42.
Maldito olvido, benditas redes sociales. Hoy, sorprendido por la Alegría, como decía C.S. Lewis, toca preguntarse para qué nacimos y en esa tribulación resplandece una respuesta por encima de todas: para una felicidad infinita.
Muchas gracias por compartirla.

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S.O.S.

Seleka

Hace unos meses os presentaba aquí la dulce aventura de unos simples chupachups. Hoy, nuestro buen amigo, el misionero Juan José Aguirre, vuelve a pedir ayuda y, ante las llamadas de este tipo, no cabe dar la callada por respuesta.
Los rebeldes extremistas del grupo terrorista Seleka han arrasado la diócesis en la que Monseñor Aguirre lleva 20 años. Han hecho polvo casas, escuelas, hospitales … Lo que le han hecho a muchas personas, mejor no os lo cuento. La imaginación en este caso puede que se quede corta.
Afortunadamente, hay quien no sucumbe a las tentaciones de la desesperanza y el abatimiento. Mucha gente de bien ya se ha puesto en marcha para poner amor donde hay odio. Necesitan urgentemente medicinas y material sanitario, alimentos no perecederos (arroz, legumbres, etc.), ropa de cama y baño, menaje de cocina y material escolar.
Podéis ver quién está detrás (y delante, dando la cara) en www.fundacionbangassou.com. Y para los que viváis en Madrid, tenéis hasta el martes día 28 para llevar algo de los que nos piden al Centro Social de la calle Ronda de Segovia, 34. De lunes a viernes, y de 9 a 18 horas ininterrumpidamente.
Que Dios os lo pague.

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NICOLÁS

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Para Protágoras, un prestigioso sofista del siglo del 484 a. de C., el hombre era la medida de todas las cosas. Para la España de finales de 2014, la medida de todas las cosas es el pequeño Nicolás.
Porque para saber quién es quién o dónde está Wally, hay que saber con quién se ha fotografiado este principito, que como el de Saint Exupèry, sostenía que caminando en línea recta uno no puede llegar muy lejos.
Así que mirad la foto y sacad vuestras propias conclusiones. Sí, ya sé que no ha venido él a fotografiarse conmigo, que es poco probable que dijera: “disparad ahora cuando pase por detrás Isidro”. Ya sé, que como dice un amigo, parezco más bien el pequeño Nicolás del pequeño Nicolás; que él no presumirá de compartir instantánea con un pobre director de comunicación, pero yo, qué queréis que os diga, me la guardo. Por si algún día tengo nietos.

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EXCALIBUR

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Perra vida. Van a sacrificar a Excalibur, la mascota de la enfermera contagiada por el virus del Ébola. Me sale un ladrido grueso, de pena.
Me encantan los animales, tengo perrito y carolina en casa y rubrico esa sentencia de Eileen Green en la que asegura que su “meta en la vida es llegar a ser tan maravilloso como mi perro cree que soy”.
Ahora bien, no perdamos el oremus. Estamos dando la nota (y a nivel internacional). Deberíamos poner nuestros mayores esfuerzos, centrar nuestra mirada, en África y en los africanos, dedicarle más minutos a los misioneros, a las enfermeras y a todas las personas que arriesgan su vida para ayudar a los que lo necesitan. Porque todo eso es compatible con querer mucho a los animales, preocuparse por Excalibur y hasta dar la batalla de la razón para que no le sacrifiquen.
De la enfermera, de su familia, de los médicos, del perro. Nos podemos ocupar y preocupar por todo, pero, hombre, hagámoslo de manera diferente en cada caso y con distinta prioridad.

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PIXELADOS

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Decíamos ayer, en medio de unas risas, que no siempre nos ponemos de acuerdo en lo que debemos tapar o no tapar. Pero risa congelada, que vamos a lo serio.
Después de unos días frenéticos de acusaciones cruzadas entre jueces, abogados y periodistas, algunos medios de comunicación han encabezado una suerte de batalla regeneracionista pixelando el rostro del presunto pederasta de Ciudad Lineal.
Entendemos y hasta promocionamos la búsqueda de los malandrines más buscados. ¿Quién no ha visto una estación de tren empapelada con sus fotos y, debajo, el teléfono de la Policía? Pero cuando ya se ha encontrado a quien se busca (o mejor dicho: cuando ya se ha encontrado a alguien que parece ser el que se estaba buscando), las preguntas por la exhibición de los detalles, incluidas las fotografías son inevitables. ¿Conviene mostrar? ¿A quién le conviene? ¿Cómo afrontar una rueda de reconocimiento si al que hay que reconocer ya le reconoce todo el mundo? ¿Cómo preservar a las víctimas de esta vorágine audiovisual que nos envuelve?
Por otra parte, no es la corriente mayoritaria, gracias a Dios, pero en estos días no era difícil leer en las cloacas de las redes sociales mensajes promocionando la Ley del Talión y congratulándose de que “sepamos ya quien es el sujeto, por si nos lo encontramos por la calle. Así será más fácil darle su merecido”. Baste recordar que, unas horas antes de la espectacular detención de Antonio Ortiz en Santander, un inocente vecino madrileño estuvo a punto de ser apaleado por la vecindad, al confundirlo con el pederasta, siguiendo los pasos del retrato robot.
Hay debate legal, y mucho. En Francia, por ejemplo, tienen que apañárselas para ocultar imágenes de presuntos criminales esposados. Está prohibido por Ley, así que nos enseñan la cara pero pixelan las esposas. Claro que el debate que no deja de bullir tiene, sobre todo, rescoldos morales. Pensemos en lo dicho: cómo puede afectar a una rueda de reconocimiento el hecho de que la fotografía del presunto criminal sea de dominio público. Y, ya sé que cuesta mucho, especialmente en un caso como éste, pero pensemos que estamos ante una persona (un monstruo, un hijodetal, ya, ya…, pero una persona).
Se abre entonces, querámoslo o no, la gran pregunta sobre si las personas son dignas de respeto, aunque sus opiniones o sus actos, o las dos cosas, sean execrables y merecedoras de la más dura condena.

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VOYEURISMO

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En época de un marcado voyeurismo audiovisual, no viene mal recordar que contra el vicio de querer ver, se alza la virtud del no enseñar.
Me contó una vez, con su farfulleo habitual, Manuel Fraga que un buen día, en compañía de un amigo, tan famoso como él, de camino a Galicia pararon en una playa gallega y que no se les ocurrió mejor cosa que aprovechar la soledad del paraje para darse un baño desnudos. Cuando quisieron volver a por la ropa sobre la arena, se dieron cuenta de que ya no estaban solos, que acababa de llegar a disfrutar del verano todo un colegio de féminas adolescentes.
Don Manuel salió corriendo, tapándose sus partes pudendas (como hacen los futbolistas que están en la barrera). Su amigo, sin embargo, desde el agua, le gritaba: “Manolo, Manolo, tápate la cara, que es por lo que somos conocidos”.
Con tanto y tan interesante debate periodístico sobre lo que debe o no debe ser mostrado, me he acordado esta semana de ellos. Nos reímos tanto con la ocurrencia que se me olvidó preguntarle al protagonista que, de haber habido imágenes televisivas del suceso, qué todo o qué parte, o qué parte del todo hubiera deseado que hubiera sido pixelada.

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KOLBE

max

He empezado una aventura inesperada, como la del pequeño y acomodado Hobbit. He comenzado a colaborar en Humanidades con la Universidad Francisco de Vitoria.
En palabras de Tolkien, el autor de esas “fantasías”, no es nada más (y nada menos) que una aventura asombrosa inspirada en ese pasaje del Evangelio de Mateo que nos recuerda aquello de que “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21). Luego, el resto del relato ya es conocido, llegan Gandalf y demás familia, y la saga se extiende en torno al Anillo Único. Mi tesoro, mi tesoro.
Peregrinaré este año unos pocos kilómetros con un puñado de alumnos de diversas carreras, que tienen unas ganas enormes de comerse el mundo, y que andan buscando (como todos) su lugar en el mundo o en la Tierra Media; buscan esa vocación dormida, ese anillo único y escondido que habita en cada corazón inquieto. Cogeremos oxígeno para volver a casa con los pulmones más llenos y más limpios y para retornar al vértigo que exige, o que algunos ya muy pronto les empezará a exigir, la apasionante vida profesional.
Ayer, para empezar fuerte, comenzamos hablando de la vida misma: ¿es la vida humana el bien mayor y supremo? Hay que cuidar la salud, of course. Pero, ¿debe ser conservada a cualquier precio? ¿Hay cosas que valen más que la vida misma?
La respuesta inmediata y generalizada suele ser NO. Nada vale más que la propia vida. Casi como en un ejercicio instintivo de conservación, de inevitable mirada al ombligo. Pero en las respuestas reposadas e inteligentes, que en este caso casi siempre arrancan las mujeres, comienzan los ejemplos desafiantes: hay madres que darían y que dan la vida por sus hijos, hay médicos y misioneros que arriesgan la salud y la vida entera para ayudar a los que nadie ayuda. Hay personas como Maxiliano Kolbe (San Maxiliano) que, a sus 47 años, es capaz de ponerse en pie en un campo de concentración y espetarle a los oficiales nazis: “soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos». Y morir asesinado, con una inyección de fenol, a los pies de los hornos crematorios.
Ha habido (y hay) personas cuyo ejemplo nos interpela de manera poderosa y, aunque sea por un instante, nos hace levantar la mirada hacia la tele o hacia la tablet. A veces, la mirada se nos fija de tal manera que ya no la podemos apartar y queremos ser como ellos, parecernos un poco, participar en la aventura y estar dispuestos a llegar hasta el final, ¿cueste lo que cueste?

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